Análisis | Canadá, ¿el primer «miembro asociado» de la Unión Europea?

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ESTRASBURGO — La pregunta ya no es si Canadá puede convertirse en el 28º Estado de la Unión Europea. Ursula von der Leyen ha desplazado este miércoles el debate hacia un terreno hasta ahora inexistente en la arquitectura comunitaria: convertir a Canadá en el primer «miembro asociado» de la UE. La propuesta, formulada durante el discurso sobre el Estado de la Unión, transforma una hipótesis política en una iniciativa que Bruselas tendrá que definir jurídicamente.

La diferencia es esencial. Canadá no está solicitando una adhesión plena y el primer ministro Mark Carney ha insistido en que busca una «alianza única» con Europa. Tampoco existe hoy en los tratados una categoría general de miembro asociado comparable a la pertenencia a la Unión. Lo anunciado por von der Leyen abre por tanto una negociación sobre qué derechos, obligaciones y políticas podrían incorporarse a esa fórmula.

El artículo 49 deja fuera la vía clásica

La adhesión ordinaria continúa chocando con el artículo 49 del Tratado de la Unión Europea, que reserva la posibilidad de solicitar el ingreso a cualquier «Estado europeo» que respete los valores de la Unión. Canadá comparte con la UE instituciones democráticas y numerosos intereses estratégicos, pero no es geográficamente un Estado europeo.

Una adhesión convencional exigiría además unanimidad en el Consejo, consentimiento del Parlamento Europeo y ratificación de las condiciones de ingreso por todos los Estados. El escenario abierto este miércoles es diferente: construir una asociación política suficientemente profunda sin convertir a Canadá en un Estado miembro.

SAFE ya anticipó el modelo

La defensa ofrece el precedente más concreto. Canadá ha sido el primer país no europeo en asociarse al instrumento SAFE, creado para reforzar la industria europea de defensa mediante hasta 150.000 millones de euros en préstamos a los Estados miembros. El acuerdo permite que entidades y productos canadienses participen en determinadas adquisiciones, pero los préstamos siguen destinados a los Estados de la UE.

La fórmula resume lo que podría convertirse en el principio de la futura relación: integración sectorial sin igualdad institucional. Canadá participa en una política europea estratégica, sus empresas acceden a parte del ecosistema industrial, pero Ottawa no obtiene por ello voto en el Consejo ni representación como Estado miembro.

Del CETA a una integración funcional

La relación ya dispone de otras capas. El CETA estructura el comercio; la asociación de seguridad y defensa amplía la cooperación militar; SAFE acerca las industrias de defensa. Bruselas y Ottawa trabajan además sobre minerales críticos, energía, inteligencia artificial, cadenas de suministro, seguridad digital y el Ártico.

La propuesta de von der Leyen podría ordenar esas piezas bajo una arquitectura política común. En lugar de copiar el modelo de adhesión, el «miembro asociado» podría significar que Canadá participe en determinadas políticas, programas o mecanismos europeos mediante acuerdos específicos, conservando fuera de ese perímetro ámbitos centrales de soberanía y de decisión institucional.

Una Europa de geometría variable

El alcance supera a Canadá. Si los Veintisiete aceptan crear una fórmula de asociación estable, la UE dispondría de una nueva herramienta para integrar estratégicamente a democracias aliadas que no pueden o no quieren convertirse en miembros. Reino Unido, Noruega u otros socios seguirían teniendo relaciones jurídicas diferentes, pero el precedente canadiense introduciría una categoría política adicional.

Quedan las preguntas decisivas: qué acceso tendría Canadá al mercado y a los programas europeos, qué contribución financiera asumiría, qué normas debería adoptar y qué capacidad tendría para influir en decisiones que le afectasen. La iniciativa necesita además el respaldo de los Estados miembros.

Por eso el discurso de Mark Carney ante el Parlamento Europeo este jueves será la segunda mitad de la secuencia. Von der Leyen ha puesto un nombre sobre la mesa. Ahora Canadá deberá precisar qué entiende por esa «alianza única» y hasta dónde está dispuesto a aproximarse a las reglas europeas. El experimento que comienza no convierte a Canadá en el 28º Estado: plantea algo potencialmente más novedoso, una integración funcional con la Unión sin adhesión plena.

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