BRUSELAS — El acercamiento acelerado entre Canadá y la Unión Europea no nace de la actual crisis con Estados Unidos. Tiene detrás casi una década de integración económica construida alrededor del CETA, el acuerdo comercial que entró en aplicación provisional el 21 de septiembre de 2017 y que hoy constituye la infraestructura económica de una relación que aspira a ser mucho más política.
Las cifras muestran la profundidad del cambio. Según la Comisión Europea, el comercio bilateral de bienes y servicios pasó de 72.100 millones de euros en 2016 a 130.000 millones en 2025, un aumento del 80%. Solo los intercambios de bienes alcanzaron 81.500 millones, un 76% más que antes de la aplicación provisional del acuerdo. Las exportaciones europeas de mercancías a Canadá crecieron un 62%, hasta 48.800 millones.
De los aranceles a las cadenas de valor
El CETA eliminó o redujo gran parte de las barreras arancelarias, abrió mercados públicos y creó mecanismos de cooperación regulatoria. La utilización de sus preferencias por los exportadores europeos también ha aumentado: pasó del 38,7% en 2018 al 63,2% en 2024, con un ahorro estimado de 636 millones de euros en derechos de aduana ese año.
La UE es hoy el segundo socio comercial de Canadá, por detrás de Estados Unidos y por delante de China. Sin embargo, la relación sigue siendo asimétrica: el mercado estadounidense continúa absorbiendo alrededor de dos tercios de las exportaciones canadienses. Esa dependencia explica por qué Ottawa busca ahora convertir la plataforma construida con Europa en una verdadera estrategia de diversificación.
Una arquitectura ya preparada
La cooperación tampoco se limita al comercio. El CETA convive con el Acuerdo de Asociación Estratégica entre Canadá y la UE y ha servido de punto de apoyo para ampliar las relaciones hacia sectores que hace diez años ocupaban un lugar secundario: materias primas críticas, energía, tecnologías digitales, seguridad económica e industria.
El propio CETA, sin embargo, todavía no ha completado su ratificación en todos los Estados miembros y continúa aplicándose provisionalmente en buena parte de sus disposiciones. Ese dato recuerda los límites institucionales de la relación, justo cuando Ottawa explora fórmulas de integración todavía más ambiciosas.
La secuencia que se abre esta semana en Estrasburgo parte por tanto de una base concreta. Canadá no está descubriendo Europa como alternativa comercial: lleva casi una década construyendo los instrumentos para acercarse a ella. La novedad de 2026 es que esos instrumentos empiezan a adquirir una dimensión estratégica.

