La arquitectura de poder en la Unión Europea está viviendo una transformación silenciosa pero profunda: el ascenso de las macrorregiones como interlocutores directos frente a la Comisión Europea. En un contexto de policrisis y reindustrialización, alianzas como la Eurorregión Pirineos Mediterráneo o el Arco Mediterráneo no son solo foros de cooperación cultural, sino auténticos ‘lobbies’ estratégicos que compiten por definir las priorités del presupuesto post-2027.
El análisis de las dinámicas en Bruselas revela que las regiones que logran articular estrategias comunes en temas críticos como el agua, la energía o el transporte ferroviario, obtienen una tasa de éxito significativamente mayor en la captación de fondos FEDER e Interreg. La clave reside en la escala: mientras que una región aislada puede tener dificultades para influir en las directivas europeas, un bloque macrorregional que representa a millones de ciudadanos y un porcentaje sustancial del PIB europeo es imposible de ignorar.
Para Barcelona y el conjunto de la Eurorregión, consolidar este poder regional es vital. La capacidad de influir en el diseño de los corredores de transporte o en las normativas sobre hidrógeno verde depende de una presencia constante y técnica en los grupos de trabajo del Consejo y el Parlamento Europeo. No se trata solo de diplomacia, sino de soberanía industrial compartida.
El reto para los próximos años será superar la fragmentación política interna para presentar un frente unido ante los nuevos retos geopolíticos. La competencia con otras macrorregiones, como la Báltica o la Alpina, es feroz. Aquellas alianzas que demuestren una mayor capacidad de ejecución técnica y una visión estratégica clara serán las que lideren la Europa de las regiones en la próxima década.

