NUEVA YORK — Veinticinco años después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, la imagen de las Torres Gemelas derrumbándose sigue marcando el inicio político del siglo XXI. Al Qaeda mató a 2.977 personas y golpeó el corazón económico y militar de Estados Unidos. Pero la dimensión histórica del 11-S no se limita a aquella mañana: está también en la respuesta que desencadenó y en las crisis que se encadenaron durante el cuarto de siglo siguiente.
La llamada guerra contra el terror ya no organiza por sí sola la estrategia occidental. Estados Unidos abandonó Afganistán en 2021, el califato territorial de Estado Islámico fue destruido y ninguna organización yihadista ha conseguido repetir en suelo estadounidense un ataque comparable al 11-S. En 2026, Washington y sus aliados concentran buena parte de su atención en China, Rusia, la guerra convencional, los drones, el espacio, el ciberespacio y la inteligencia artificial. El ciclo abierto en 2001 parece cerrado. Su legado, no.
De Afganistán a Irak: una respuesta que transformó Oriente Medio
La primera consecuencia fue inmediata. Estados Unidos invadió Afganistán para destruir Al Qaeda y derribar al régimen talibán que la acogía. Por primera vez en su historia, la OTAN activó el artículo 5 de defensa colectiva. Dos años después llegó Irak. La invasión de 2003 no fue una consecuencia directa de la autoría del 11-S —Saddam Hussein no organizó los atentados—, pero fue políticamente posible dentro de la doctrina de seguridad construida después de ellos: guerra preventiva, lucha contra el terrorismo y temor a las armas de destrucción masiva.
La caída del régimen iraquí abrió a su vez otra cadena de consecuencias: descomposición del Estado, violencia sectaria, fortalecimiento de grupos yihadistas y, años después, expansión de Estado Islámico en Irak y Siria. Las primaveras árabes, la guerra siria y las rivalidades regionales tuvieron causas propias y no pueden reducirse al 11-S. Pero se desarrollaron en un Oriente Medio ya profundamente alterado por las guerras posteriores a 2001.
El coste acumulado permite medir la escala de aquella respuesta. El proyecto Costs of War de la Universidad de Brown estima en unos ocho billones de dólares el coste de las guerras estadounidenses posteriores al 11-S. Sus trabajos calculan entre 905.000 y 940.000 muertes directas por violencia bélica en los principales escenarios estudiados y sitúan en al menos 4,5 millones el balance potencial al incorporar las muertes indirectas provocadas por destrucción, enfermedad, hambre y deterioro de los sistemas públicos.
La seguridad entró en la vida cotidiana
El 11-S también transformó a los Estados occidentales desde dentro. Estados Unidos aprobó el Patriot Act, amplió las capacidades de vigilancia y creó el Department of Homeland Security. Guantánamo, las prisiones secretas de la CIA y las prácticas de tortura abrieron un debate que continúa sobre los límites que una democracia puede cruzar en nombre de su seguridad.
Europa vivió después su propia secuencia de atentados: Madrid en 2004, Londres en 2005, París en 2015, Bruselas en 2016 o Barcelona y Cambrils en 2017. Fronteras, aeropuertos, intercambio de datos, cooperación policial, inteligencia y legislación antiterrorista fueron transformándose. Buena parte de la arquitectura de seguridad que hoy parece ordinaria nació o se aceleró después de 2001.
Una amenaza diferente, un mundo diferente
El terrorismo no ha desaparecido. Al Qaeda y Estado Islámico conservan ramas activas, especialmente en África y Oriente Medio. Pero el modelo dominante ha cambiado. Los especialistas del CSIS describen un escenario más fragmentado, formado por organizaciones, redes flexibles e individuos radicalizados, mientras internet reduce la necesidad de estructuras centralizadas como la que preparó durante años el 11-S.
El éxito de la lucha antiterrorista contiene así una paradoja. Los servicios occidentales destruyeron buena parte de la capacidad operativa que permitió a Al Qaeda atacar Nueva York y Washington, pero dedicaron durante dos décadas enormes recursos militares, políticos e intelectuales a esa amenaza. El RUSI plantea ahora hasta qué punto esa concentración desvió atención mientras China ampliaba su poder económico y Rusia reconstruía capacidades militares.
En 2001, Occidente creyó que su principal desafío sería el terrorismo transnacional. En 2026 vuelve a prepararse para rivalidades entre potencias, guerras de alta intensidad y amenazas tecnológicas. Entre ambos momentos quedaron Afganistán, Irak, Daesh, Guantánamo, la vigilancia masiva, millones de desplazados y una transformación profunda de la relación entre seguridad y libertades.
La guerra contra el terror dejó de ser el principio ordenador del mundo occidental. Pero veinticinco años después, muchas de las crisis, instituciones, decisiones estratégicas y fractures geopolíticas del presente siguen llevando, directa o indirectamente, la huella del mundo que comenzó aquella mañana en Nueva York.

