BARCELONA — La Diada de 2026 será menos una demostración de una hoja de ruta hacia la independencia que una prueba de supervivencia, recomposición y competencia interna del espacio independentista. Las manifestaciones convocadas este viernes a las 17:14 en Barcelona, Girona y Amposta llegan con una paradoja: las principales entidades soberanistas intentan recuperar capacidad de movilización mientras el bloque que protagonizó el procés ya no conserva ni la unidad estratégica ni la centralidad política de hace una década.
ANC, Òmnium Cultural, AMI, Consell de la República, Intersindical y CIEMEN vuelven a compartir convocatoria bajo el lema «Hi soc. Hi som. Pel present i pel futur: independència». En Barcelona, dos recorridos confluirán en la plaza de Catalunya. La participación será el primer termómetro, pero exige cautela: las cifras de los organizadores deberán distinguirse de los recuentos de Guàrdia Urbana y Mossos. Convertir una estimación partidaria en dato objetivo distorsionaría precisamente la principal pregunta de esta Diada: qué capacidad real de movilización conserva hoy el independentismo.
ERC vuelve, pero el tablero ya es otro
El regreso de Oriol Junqueras a la manifestación después de cinco años de ausencia simboliza el intento de ERC de reconstruir puentes con un movimiento civil del que se había alejado por sus pactos con los socialistas y por las tensiones con la anterior dirección de la ANC. Pero el retorno llega cuando la competencia ya no se limita a ERC y Junts.
Aliança Catalana introduce una ruptura distinta. La formación de Sílvia Orriols combina independentismo con un discurso duro sobre inmigración, identidad y seguridad, y disputa electorado a las fuerzas tradicionales. Su crecimiento obliga al soberanismo a afrontar una contradicción política: una movilización concebida históricamente como transversal alberga ahora sensibilidades cuya incompatibilidad sobre inmigración, modelo social y relación con Europa es cada vez más visible.
La independencia continúa funcionando como denominador común, pero ya no basta para ocultar esas fracturas. ERC necesita demostrar que puede volver a ocupar la calle sin romper sus equilibrios institucionales; Junts debe conservar un espacio que Aliança amenaza por su flanco identitario; y las entidades necesitan probar que todavía pueden convertir el malestar por vivienda, Rodalies, servicios públicos o lengua en movilización soberanista.
De Sant Boi a una amnistía todavía incompleta
El contraste histórico es especialmente fuerte en el cincuentenario de la Diada de Sant Boi de 1976. Aquella movilización reunió alrededor de 100.000 personas bajo «Llibertat, amnistia i Estatut d’autonomia» y representó una convergencia democrática muy superior al independentismo. Cincuenta años después, la palabra amnistía vuelve a atravesar la política catalana, pero su aplicación continúa abierta en varios procedimientos pese a la ley aprobada en 2024.
La comparación también muestra hasta qué punto ha cambiado el ciclo político. El Govern está presidido por Salvador Illa, ERC sostiene equilibrios parlamentarios decisivos y el independentismo debe competir por definir qué significa hoy su propio proyecto. La cuestión de fondo de esta Diada no será si existe todavía un independentismo significativo —lo hay—, sino si conserva capacidad para transformar movilización social en una estrategia política viable.
Por eso, hablar de «última tentativa» sería prematuro antes de ver las calles. Pero la Diada sí puede señalar un cambio de época: si la participación vuelve a retroceder mientras Aliança Catalana gana centralidad, el problema para el independentismo tradicional dejará de ser únicamente cómo avanzar hacia una república catalana y pasará a ser algo más inmediato: quién representa al movimiento, con qué programa y para qué mayoría social.

