BRUSELAS — El 37% obtenido por Alternativa para Alemania (AfD) en Mecklemburgo-Pomerania Occidental ya no puede interpretarse únicamente como una anomalía electoral del este alemán. El partido de extrema derecha ha más que duplicado el 16,7% obtenido en 2021 y se convierte en primera fuerza regional, mientras la CDU del canciller Friedrich Merz cae hasta el 5,5%, su peor resultado en una elección regional desde 1949. En Berlín, donde gana La Izquierda, AfD también avanza hasta alrededor del 16% y consigue su mejor resultado en la capital.
El mapa político alemán vuelve así a moverse mientras Europa afronta simultáneamente varias crisis que cuestionan su capacidad para protegerse: la guerra de Ucrania y la presión rusa sobre su flanco oriental, las amenazas híbridas, la inmigración irregular y episodios como la entrada masiva registrada este verano en Ceuta. Son fenómenos distintos, que no responden a una única causa, pero que convergen sobre una misma cuestión política: la percepción de control.
La frontera entra en las urnas
La inmigración no explica por sí sola el avance de AfD. Reuters identifica también el coste de la energía y de la vivienda, las dificultades económicas, las pensiones y el rechazo de una parte del electorado al apoyo alemán a Ucrania. Pero la seguridad y el control migratorio se han convertido en uno de los terrenos donde la extrema derecha consigue transformar el malestar en voto.
La paradoja es que Europa llega a este debate después de haber endurecido ya su política migratoria. Los cruces irregulares de las fronteras exteriores de la UE disminuyeron un 26% en 2025. Desde junio de 2026 está además plenamente en aplicación el nuevo Pacto sobre Migración y Asilo, que impone registro, controles de identidad y seguridad y procedimientos fronterizos comunes.
Sin embargo, la crisis de Ceuta ha demostrado hasta qué punto un episodio concentrado puede modificar la percepción política. El comisario europeo de Interior y Migración, Magnus Brunner, reconoció a Reuters que las imágenes de entradas masivas pueden alimentar a los partidos antiinmigración incluso cuando las cifras generales están descendiendo.
¿Cerrar Europa o protegerla?
Ahí aparece una diferencia esencial. Cerrar las fronteras interiores significaría cuestionar uno de los pilares económicos y políticos de la Unión: Schengen. Reforzar la frontera exterior supone otra estrategia: saber quién entra, acelerar las decisiones de asilo, ejecutar los retornos cuando no existe derecho de permanencia y disponer de mecanismos extraordinarios cuando un tercer país utiliza los movimientos migratorios como instrumento de presión.
La legislación europea contempla ya precisamente esa última hipótesis. El nuevo marco define la «instrumentalización» como la situación en la que un tercer país o un actor hostil facilita movimientos hacia las fronteras con el objetivo de desestabilizar a la Unión o a uno de sus Estados miembros. Permite activar procedimientos excepcionales, apoyo operativo y mecanismos de solidaridad, manteniendo el derecho de asilo y las garantías fundamentales.
La otra frontera está al este
Pero la presión no procede únicamente de los movimientos migratorios. Europa afronta también incidentes con drones, sabotajes y otras amenazas híbridas vinculadas por gobiernos europeos y la OTAN a Rusia. Bruselas trabaja al mismo tiempo en reforzar la respuesta europea frente a estas formas de presión.
Europa se encuentra así ante dos necesidades diferentes: proteger físicamente su territorio y recuperar políticamente la sensación de control. Confundir ambas puede alimentar precisamente la polarización que pretende combatir.
Diplomacia más firme, fronteras más controladas
La cuestión que dejan las urnas alemanas no es simplemente si Europa debe abrir o cerrar sus puertas. Es hasta dónde está dispuesta a utilizar su peso diplomático, comercial y político frente a terceros países cuando considera amenazados sus intereses, y hasta qué punto puede garantizar sus fronteras exteriores sin reconstruir fronteras dentro de Europa.
La alternativa es especialmente sensible para las regiones transfronterizas. Cada control permanente restablecido entre Francia, España, Alemania, Bélgica o Polonia afecta a trabajadores, empresas, transporte y comercio antes de modificar los grandes flujos migratorios.
El resultado alemán introduce así una advertencia política adicional. Cuando una parte creciente del electorado considera que las instituciones han perdido el control de la seguridad, la economía o las fronteras, otras fuerzas ocupan ese espacio. La respuesta europea se juega tanto en Ceuta y en el flanco oriental como en Berlín: demostrar capacidad de protección sin convertir la propia Europa en una suma de fronteras nacionales.

