BARCELONA — Canadá lleva años hablando de diversificar sus mercados, pero la nueva confrontación comercial con Estados Unidos está transformando esa intención en una cuestión de soberanía económica. La escalada arancelaria impulsada por Donald Trump ha deteriorado una relación que durante décadas permitió a Ottawa construir su economía alrededor de un acceso privilegiado al mercado estadounidense.
La dependencia sigue siendo considerable. En julio, Estados Unidos concentraba el 66,35% de las exportaciones canadienses. En el acumulado del año, la proporción había bajado al 68%, frente al 73% anterior, mientras las ventas hacia mercados distintos del estadounidense crecían. La diversificación ya está en marcha, pero parte de una estructura comercial profundamente integrada con su vecino.
Una guerra comercial que cambia el cálculo
La tensión dio un nuevo salto en septiembre. Washington anunció prohibiciones a determinadas importaciones canadienses y nuevas restricciones, después de que Ottawa aplicara aranceles de represalia sobre 20.000 millones de dólares en productos estadounidenses. La Administración Trump también ha aumentado la presión sobre sectores industriales canadienses y sobre el acceso de sus productos a la contratación pública estadounidense.
Para el Gobierno de Mark Carney, el problema ya no consiste únicamente en responder a cada arancel. Se trata de reducir una vulnerabilidad estructural: que una decisión política en Washington pueda afectar de forma inmediata a una parte esencial de las exportaciones, la industria y las cadenas de suministro del país.
Europa como diversificación, no como sustitución
La Unión Europea aparece como el socio más preparado para absorber parte de ese giro. Es ya el segundo socio comercial de Canadá y dispone del CETA, una arquitectura comercial existente que permite acelerar intercambios sin comenzar una negociación desde cero. Ottawa busca ahora ampliar esa relación hacia sectores considerados estratégicos.
Europa, sin embargo, no puede sustituir a corto plazo al mercado estadounidense. La geografía, las infraestructuras y décadas de integración industrial norteamericana hacen improbable una ruptura económica con Estados Unidos. El objetivo canadiense es distinto: aumentar el número de alternativas para que Washington deje de ser prácticamente insustituible.
La crisis con Trump actúa así como acelerador de un movimiento anterior. Canadá no abandona Norteamérica, pero empieza a tratar su dependencia comercial como un riesgo estratégico. Y en esa búsqueda de autonomía, Europa ha pasado de ser un mercado complementario a convertirse en una pieza de seguridad económica.

