BRUSELAS — Canadá estudia llevar su acercamiento a la Unión Europea a un terreno hasta ahora inédito: la creación de una fórmula de «miembro asociado» que permita a Ottawa integrarse más estrechamente en determinadas políticas europeas sin convertirse formalmente en un Estado miembro. La hipótesis, atribuida a las conversaciones impulsadas por el primer ministro Mark Carney, emerge en plena ruptura comercial con Estados Unidos y a pocos días de su llegada a Estrasburgo.
Según informaciones publicadas este domingo por The Wall Street Journal y recogidas por Reuters, responsables canadienses y europeos han comenzado a explorar una relación que podría facilitar la circulación de bienes, servicios y trabajadores en sectores estratégicos. Energía, inteligencia artificial, defensa e infraestructuras aparecen entre los ámbitos considerados. No existe, sin embargo, una propuesta jurídica formal ni un estatuto europeo de «miembro asociado» listo para ser utilizado.
Más allá del CETA
El movimiento se apoya en una relación ya mucho más profunda que un acuerdo comercial. Canadá y la UE aplican provisionalmente el CETA desde 2017 y firmaron en junio de 2025 una asociación de seguridad y defensa. En junio de 2026, Ottawa dio otro paso: se convirtió en el primer país no europeo autorizado a participar en SAFE, el instrumento comunitario destinado a reforzar las compras conjuntas y la capacidad industrial de defensa.
La cooperación sigue ampliándose. Bruselas y Ottawa negocian un acuerdo de comercio digital y trabajan sobre minerales críticos, seguridad económica, energía y tecnologías estratégicas. El 29 y 30 de octubre celebrarán además una nueva cumbre bilateral en Canadá.
El salto hacia una asociación todavía más estrecha tendría, por tanto, una base política e industrial. Pero también límites importantes. El artículo 49 del Tratado de la Unión Europea reserva la solicitud de adhesión a cualquier «Estado europeo». Canadá no puede recorrer la vía clásica de entrada en la UE sin alterar el marco actual de los tratados. La cuestión que se plantea es otra: hasta dónde puede llegar una integración sectorial construida fuera de la adhesión.
La ruptura con Washington acelera el giro
La tensión con Estados Unidos ha convertido esa reflexión en una cuestión estratégica. Más del 70% de las exportaciones canadienses siguen teniendo como destino el mercado estadounidense, pero la nueva escalada arancelaria de la administración Trump ha llevado al Gobierno de Carney a acelerar la diversificación. Ottawa ha respondido con aranceles sobre unos 20.000 millones de dólares de productos estadounidenses y busca duplicar su comercio con otros mercados durante la próxima década.
La UE tampoco pretende sustituir a Estados Unidos ni mediar entre Washington y Ottawa. El comisario europeo de Comercio, Maroš Šefčovič, ha descartado ese papel, aunque ha confirmado la disposición europea a estudiar nuevas formas de cooperación con Canadá.
Estrasburgo como primera prueba política
El calendario convierte esta posibilidad en algo más que un debate teórico. Carney asistirá el 16 de septiembre al discurso sobre el Estado de la Unión de Ursula von der Leyen y se dirigirá al Parlamento Europeo al día siguiente. Su presencia dará una dimensión política excepcional a una relación que hasta ahora avanzaba principalmente mediante acuerdos sectoriales.
La fórmula de «miembro asociado» sigue siendo, por ahora, una exploración y no una candidatura. Pero la sucesión de CETA, cooperación en defensa, SAFE, negociaciones digitales y proyectos sobre materias primas muestra que Ottawa y Bruselas ya están construyendo una arquitectura común. La cuestión que se abre esta semana en Estrasburgo es si esa acumulación de acuerdos terminará necesitando un nombre —y un marco político— nuevo.

